Cuando la ética hay que acreditarla

18 May 2019

En una época en la que la transparencia y el acceso a la información nos hace estar más expuestos que nunca, tenemos que asumir que, para bien o para mal, la ética ha dejado de presumirse.

Los históricos y recientes casos de corrupción, la vulneración en nuestro entorno quizás no de derechos fundamentales, pero sí de derechos individuales y colectivos de ciertos grupos de interés, la aplicación e interpretación interesada y, en demasiadas ocasiones, “a medida” de la norma, nos lleva a plantearnos la necesidad de que las organizaciones, por un lado, revisen y aseguren sus modelos de conducta y, por otro, ofrezcan un marco de garantía a aquellos sobre los que, de una u otra manera, ejercen influencia.

Resulta evidente que, cada vez más, una política de gestión ética determina la percepción que los consumidores y clientes tienen de nuestra empresa o marca. Las organizaciones más relevantes y avanzadas han demostrado, además, que mantener una política ética a largo plazo, de forma constante y eficaz reporta una ostensible mejora de nuestra reputación, lo cual constituye un valor intangible de primer orden para cualquier organización. 

En este sentido, los Códigos Éticos se han venido formulando tanto para influir y mejorar las prácticas de los socios de negocio globales, como para informar a los consumidores, cada vez más sensibles, sobre los principios que se siguen en la producción de los bienes y servicios que se comercializan.

Y es que la sociedad actual demanda que existan unos estándares de comportamiento, que existan códigos cuyos compromisos sean palpables y medibles. Ahí reside el principal desafío que plantean estos instrumentos: garantizar una aplicación, verificación y control eficaces, además de contribuir, principalmente, a:

  • Formalizar el compromiso de la dirección con la implementación de un sistema de gestión ética.
  • Poner de manifiesto los valores y la cultura con que la empresa desea ser identificada.
  • Definir las responsabilidades, los derechos y los deberes de cada grupo de interés.
  • Ofrecer criterios para la toma de decisiones.
  • Aumentar la confianza de los miembros de la organización, la cohesión y la integración del grupo, y mejorar en algún grado el rendimiento.

A estas alturas, nos parece elemental que nuestras organizaciones, también las pequeñas y medianas, ordenen los principios, valores y normas que rigen y deben de regir sus actuaciones. En este sentido, apostamos por divulgar y promover la aprobación de códigos  de ética en todas las organizaciones que “presuman” de serlo. 

Es necesario que empecemos a formalizar, documentar, asegurar  y compartir no sólo los valores de la empresa sino también los compromisos que, de forma honesta y en atención a nuestras particulares circunstancias, estamos dispuestos a adquirir frente a nuestros  stakeholders (grupos de interés). Por otro lado, aunque lo habitual es que el documento se estructure en torno a aspectos obligatorios, óptimos, deseables y prohibidos, no se trata de compilar en un documento los imperativos legales, sino que sus indicaciones deben superar las exigencias normativas.

Si bien es cierto que en grandes corporaciones se configuran como instrumentos de orientación y relevancia en materia de promoción de los derechos humanos, laborales y medioambientales, así como de las medidas contra la corrupción (en especial en aquellos países en los que las autoridades públicas no aplican normas mínimas), la mayoría de las empresas españolas suelen introducir en sus códigos éticos diferentes postulados, en función de las características, el sector y/o la madurez de la organización, como son: no divulgar información confidencial, no discriminar a trabajadores,  compañeros, colaboradores o clientes por motivos de raza, nacionalidad o religión, no aceptar sobornos, etc.

Es por ello que cada organización debe evaluar su actividad, impacto y nivel de intervención, pues es en esta vocación de autorregulación donde  encontramos una medida realmente efectiva para corregir los impactos negativos que en ocasiones pueda generar el desarrollo de nuestra actividad. 

Pero vayamos más allá. No creemos que, en aras a dotar de coherencia a nuestro compromiso, debamos apostar por una declaración que, normalmente, es elaborada de forma unilateral por parte de la organización y cuya aplicación no suele estar sujeta a procesos de verificación externos. El valor y la fortaleza de un código van a depender, fundamentalmente, de su credibilidad y transparencia. Así, mientras la transparencia se sustenta en la comunicación, participación y aplicación efectiva en relación a empleados, colaboradores y demás grupos de interés,  la credibilidad depende de su alcance, amplitud y, sin lugar a dudas, de la definición y aseguramiento de los correspondientes mecanismos de cumplimiento, revisión y evaluación. 

Como conclusión, desde VERTA queremos destacar que una gestión empresarial ética no sólo es exigible, deseable y accesible sino que genera una gran cantidad de beneficios y oportunidades para nuestras organizaciones, especialmente las pequeñas y medianas empresas, que deben valorarse: 

  • Genera confianza. La conducta ética tiene la extraordinaria capacidad de otorgar credibilidad a quienes lo practican. Y es que, como conocen bien nuestros clientes, todo negocio se construye, en parte, sobre las relaciones generadas con proveedores, clientes, empleados y otros grupos. La fuerza de esas relaciones es, en gran medida, consecuencia directa de la cantidad del esfuerzo y de la confianza mutua.
  • Favorece la captación de buenos socios de negocio. Transmitir una imagen basada en el rigor, el compromiso y la responsabilidad y generar confianza atrae a quienes suelen comportarse de la misma manera, porque se sienten identificados con esas acciones.
  • Fortalece nuestra reputación. En una realidad en la que las organizaciones aumentan exponencialmente su exposición a la opinión pública (cada vez más abierta y, en ocasiones, feroz) una posición transparente y comprometida nos protege contra la publicidad negativa. Cuando las actividades y acciones de una organización  son consideradas éticas, es más difícil que su reputación se vea afectada por una publicidad negativa.
  • Favorece la satisfacción y engagement del personal. Un marco de actuación precedido y asegurado por un código ético y de conducta ayuda a los empleados a identificar lo que su empresa reconoce como prácticas aceptables, generando una mayor fidelidad por parte de  trabajadores y colaboradores.

 

Fuentes

Capitalismo Consciente. (2018). Código ético: para qué sirve y qué beneficios aporta. Recuperado de : https://capitalismoconsciente.es/blog/codigo-etico-sirve-beneficios-aporta/

Fernández, R. (2011). Códigos éticos o de conducta. Su concepto. Su necesidad. Recuperado de: https://diarioresponsable.com/opinion/14404-codigos-eticos-o-de-conducta-su-concepto-su-necesidad

Urtiaga, A. y Granda, G. (2001). La implantación del sistema de gestión ética sge, de forética como instrumento de liderazgo en las organizaciones. Papeles de Ética, Economía y Dirección, nº 6, 2001. Recuperado de: http://www.eben-spain.org/docs/Papeles/IX/4_Urtiaga_y_Granda0.pdf

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